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jueves, enero 04, 2007

 

Para Claudia, por su padre. Por Martín Amaral

Para Claudia, por su padre. Por Martín Amaral

Querida Claudia.

Estos días he andado con el ánimo decaído, apenas enciendo la PC, casi no he querido saber nada de esto que nos aqueja.

Serán las fechas, tan irremediablemente propicias para los recuentos y la reflexión ( y uno se ve, se siente, se sabe, cada vez más inutil y desamparado, recuerda lo que a jirones ha perdido: hace 2 años brincaba, hace 8 meses caminaba bien, hablaba mejor, etcétera).

Será acaso el clima, pues acá en América del norte (que no es terreno exclusivo de los gringos, por cierto) es invierno y nuestro calor típico ha pasado a ser frío creciente; y ya sabemos que las depresiones se acrecientan en esta temporada... será nomás que uno en ocasiones se cansa simplemente de ser, de saberse trasmutando en mineral, será que quién sabe Claudia.

Así que leí a destiempo tus correos de angustia y luego de aviso del fallecimiento de tu padre, joven todavía y homónimo de un amigo de acá, Ronaldo Gonzáles, un lúcido sociólogo que dirige el instituto de cultura del estado.

Y la "depre" me subió un poquito más y de nuevo le menté la madre a la ela, a la falta de recursos médicos para enfrentarla, a la supina ignorancia que todavía existe sobre ella, pues ni siquiera se sabe qué la produce y entonces la ciencia camina ciega y sin remedios.

Pero ya sabes: del madrazo pasé a la aceptación, en ese movimiento oscilatorio de los sentimientos que uno vive y que le hacen pasar del llanto a la risa neurótica.

Y uno busca entonces refugio, y como siempre la religión, la vuelta mansa a Dios aparece como el mejor remedio siempre.

Ese volver a saber que este paso precario y temporal por esta tierra y con este cuerpo se mide con otra tasa: no su simple duración en años, en salud o enfermedad, en riquezas o miserias, sino que se mide por lo se hace en esta estancia. No la vida, sino lo que hace con la vida; no los años sino lo que hacemos con los años.

Volver a saber que acaso a veces olvidamos lo que gozamos, que olvidamos los buenos tiempos, cuando nos suponíamos más plenos. Olvidar eso es condenarse al amargamiento.

Yo viví 38 años plenos, con salud de hierro; hice casi de todo, de algunas cosas me arrepiento. Pero sé que no he pasado inadvertido. Le doy gracias al Buen Jesús por esos años y le pido fortaleza para lo que siga.

En honor de tu padre elevo en este instante un Padre Nuestro, rezo por su alma, por que encuentre cobijo y pido por tí y tu familia.

Pido también lo que Edu y Pilar comentan: Diosito, ilumina a quienes investigan, que se apuren para dar con el remedio a nuestro mal, si no ya por nosotros, sí por lo que vienen detras, los que ahora apenas se dan cuenta y son dignosticados.

Un abrazo grande, lleno de esperanzas, Claudia, desde el septentrión mexicano.

Martín Amaral


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