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lunes, agosto 28, 2006

 

Oscura agonía de un genio

TEATRO
Oscura agonía de un genio
@María José S. Mayo
Sábado, 12 de agosto de 2006
MINGUS CUERNAVACA

Director: Emilio del Valle.
Autor: Enzo Cormann.
Intérpretes: Chete Lera (Mingus), Carolina Solas (Narradora/Esposa), Amaranta Osorio (Enfermera mejicana), Federico Lechner (Piano), Nirankar Khansa (Percusión), Tomás Merlo/Víctor Merlo (Contrabajo), Alberto Guío/Andreas Prittwitz (Saxo alto, tenor).
Lugar:Teatro Cuarta Pared. Ercilla, 17. Madrid.
Teléfono: 91 517 23 17. Venta electrónica en http://www.entradas.com.
Fecha: Hasta el 27 de agosto.
Horario: Miércoles a domingos, 21h.
Precio: 10 €.
www.cuartapared.es
La música, una de los artes más sugerentes, más infinitamente insondables, fue la pasión del Charles Mingus, uno de los grandes nombres del jazz que asombró al mundo sacando los sonidos más inimaginables con su contrabajo, pero también como pianista –no le gustaba que otros teclistas destrozasen sus creaciones- e incluso como director de orquesta.
La historia de Mingus, como la de otros grandes del jazz, está curiosamente vinculada a la tragedia. No se droga, no bebe, pero acaba sus días postrado en una silla de ruedas en la localidad mejicana de Cuernavaca a causa de una enfermedad degenerativa a la que todavía no se le ha encontrado cura, la esclerosis amiotrófica. Sobre ese retiro fabula del francés Enzo Cormann, en esta pieza teatral que es un concierto a tres voces, la de su última mujer, Susan Graham, que ejerce de narradora omnisciente, que puntúa, adereza la trágica melodía protagonista, la voz que trasmite el dolor, pero también la lucidez mental de un artista incapacitado para interpretar una de sus bellas ecuaciones musicales, y la de una joven y bellísima enfermera que le tienta, que se convierte en la protagonista de sus pensamientos más lúbricos.
Las mujeres son la gran droga de Mingus, el sexo para él es algo tan visceral y a la vez tan profundo como la música -y de cuyas habilidades en ambos campos alardeó sin ningún pudor en su biografía Menos que un perro- que es capaz de extraer de las cuerdas de su contrabajo y es por ello parte esencial en este relato de las últimas horas de vida del músico, que lleva al espectador a un territorio en el que el dolor por lo perdido y la fragilidad de la existencia son protagonistas de esta hora y veinte de agonía. Todo ello aderezado con la música en directo de una banda de jazz que acerca un puñado de temas de este genio que quedó fascinado con Duke Ellington con tan sólo 9 años, que tocó con los mejores, el propio Ellington, Armstrong o Gillespie, y evolucionó desde el beboop al abstracto free jazz, dejando a los oídos más exigentes joyitas con las que deleitarse sin descanso como el mítico Pithecanthropus Erectus (1956).
Sobre un escenario dominado por un gran círculo a modo de disco de vinilo, el gran actor Chete Lera, a quien pudimos ver hace poco en Largo viaje hacia la noche, y es un secundario habitual del cine español con trabajos como Abre los ojos o Smoking Room se mete en cuerpo y alma en este difícil papel que exige de él todo y todo lo da. Le acompañan una maestra de ceremonias que hace las veces de su última mujer, interpretada con convicción y magnetismo por Carolina Salas y una enfermera en la que no termina de encajar Amaranta Osorio.
Mingus Cuernavaca ha optado por sacar sólo uno de esos tres hombres que el contrabajista admitía ser, el “animal asustado que ataca por miedo a ser atacado”. No ha reflejado a ese “hombre que permanece siempre en medio, despreocupado, inmóvil, observando, esperando a que le sea permitido expresar lo que ve a los otros dos” o esa otra “persona extremadamente cariñosa y amable que admite a la gente en el templo más sagrado de su ser y soporta los insultos y es confiado y firma los contratos sin leerlos", una visión, ésta última, por la que los conocedores de su música quizá más le recuerden, y que hará que les parezca insuficiente el planteamiento de Cormann llevado a escena por la compañía bajo la dirección de Emilio del Valle.
La propuesta llega a ser demasiado reiterativa, y se echa en falta un mayor mimo, un toque que haga emocionantes sobre todo esos momentos en los que Mingus entre la realidad y ficción –no se ha sabido marcar bien cuando estamos en uno u otro momento- se insinúa, toca a esa bellísima enfermera mejicana.
Aun así, regala instantes realmente líricos en los que ese protagonista impedido se sitúa ante la muerte, que le llegó a la temprana edad de 53 años, dándose cuenta que la vida le ha dado más dolor que el racismo, contra el que tanto luchó, y que no es nada, y que cuando el tocaba buscando a Dios no se daba cuenta que la música era Dios, su religión suprema de la que, sin duda, el fue un uno de los grandes sacerdotes.

Fuente:
http://www.elconfidencial.com/

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