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martes, septiembre 19, 2006

 

Carta escrita por una madre enviada por Pablo García

Era un día nublado y me echo a andar la angustia. Entré a mi cuarto donde conservo todas mis cosas, entre ellas una maquina de coser, mirando los almohadones de un hermoso sillón que tengo comenzaron a surgir muchos sentimientos fuertes y comencé a recordar mi vida. Ya sentada en el sillón tome una madeja de lana y empecé a ovillar de a poco, entre lana que ovillaba me veía pequeña, tenia muchos amigos jugábamos al maestro, a saltar con una soga, a la mancha, después de cada juego y del mate cosido con torta fritas cada cual se iba a su casa. Cuando nos encontrábamos en la escuela a los juegos los usábamos como redacción en algún tiempo libre Seguía ovillando y recordando a mis padres, la educación que me dieron, el valor y el respeto hacia los demás, si subíamos a un colectivo, le tenía que dejar el asiento a un anciano como también a una mujer embarazada. En la escuela debíamos respetar al maestro escuchar lo que nos decía y porque nos lo decía, ellos como docentes debían respetarnos y nosotros como alumnos a ellos. Seguía ovillando y vi otro lindo pasaje de mi niñez, me tocaba tomar la comunión, las clases de catecismo en la basílica, teníamos un padre que era muy bueno, era muy bonito porque todos sentados teníamos que rezar el padre nuestro el ave María y enunciar los diez mandamientos, lo hacíamos con algo de temor pero era cosa nuestra porque el sacerdote no hacia nada para que temiéramos. Después, los benditos mandados para hacer, el almacén quedaba a cinco cuadras, la carnicería a siete, la verdulería a nueve y la panadería a diez. Ya había ovillado media madeja, faltaba media más, cuando vi lo que vino después, mis hijos. Les di el mismo valor y amor que mis padres me brindaron. Mis manos jamás ardieron por pegarles, y si, por quererlos mucho, así son hombres con mucha fortaleza y maduros. En el cuarto de lana que queda por ovillar vi reflejada a doña ELA que quiere acabar con mi vida y yo entre decepciones y amargura lucho por detenerla. Hay momentos donde todo se pone oscuro y no puedo ver la claridad, pero en las pocas o mucha fuerza que tengo no quiero verme destruida por ella.
Terminada de ovillar la lana y hecho un bollo, me dirijo a saludar una imagen de Jesús y Maria, mi mente ya esta alta con esa vos que me dice; ¡No aflojes tu no has cambiado seguís siendo la misma, no dejes que la oscuridad te amarre, vénsela, la luz que es fuerte y calurosa! Y es así mis pensamientos puestos en nuestro señor.

F.M.S

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